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Sueños pausados

Los niños de inmigrantes indocumentados que son traídos por sus padres a los Estados Unidos suelen pasar sus vidas buscando estabilidad. Con la revocación de DACA, muchas de las puertas a una mejor vida de estos soñadores podrían cerrarse.



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Aquel martes comenzó como cualquier otro. 

María Chávez Juárez estaba sentada en su clase de criminología, Sandy Rivera estaba en astronomía y Kemberly Hernández estaba en el Campus Center de IUPUI. Muy pronto el celular de María, que estaba entre sus piernas, empezó a vibrar con cada mensaje que recibía.

Ella empezó a mirar los mensajes de Snapchat olvidándose de escuchar a su profesor. El Presidente de los Estados Unidos había enviado un mensaje de Twitter al mundo:

“Congreso, alístese a hacer su trabajo - DACA!”

Y luego la noticia finalmente llegó ese día de septiembre. El gobierno de los Estados Unidos haría lo que las tres, al igual que con los cientos de miles de estudiantes en el país, temían que iba a pasar.

El programa de DACA estaba por llegar a su fin.

Las noticias cerraban sus emisiones. Las clases terminaban. María, Sandy and Kemberly se dirigieron directamente a la oficina de la Asociación de Estudiantes Latinos. Las correas de la mochila de María se sentían 10 veces más pesadas que como se habían sentido en la mañana. Kemberly vio los letreros en los tableros públicos del campus — “construir el muro,” “mándenlos de vuelta” — que alguien había escrito en agosto y que nunca fueron borrados. Sandy sabía que ya no iría al resto de sus clases ese día. 

Las tres se encontraron en la oficina de LSA. DACA, el programa con el cual ellas podían pensar en un plan para su futuro, el programa que les permitía tomar astronomía, criminología y pasar el tiempo en el Campus Center, y el cual les permitió conocerse en IUPUI, se acababa.

Se miraron la una a la otra pero no podían decir una palabra. María, Sandy y Kemberly no estaban sorprendidas por el anuncio. Pero aunque esta noticia se esperaba venir, no era lo que importaba en ese momento. Ellas permanecían en silencio, se abrazaban y lloraban. 

El estatus de los beneficiados con el programa  DACA — usualmente llamados “Soñadores” — nunca fue claro en su corta historia. El programa empezó a aceptar solicitudes en el 2012 de personas jóvenes sin documentos que habían sido traídas a los Estados Unidos por sus familias. Les proveía protección contra órdenes de deportación, una tarjeta de autorización para trabajar y la información para la solicitud del Seguro Social que les permitía la oportunidad de trabajar y estudiar en los Estados Unidos. No tenía sentido, según el presidente de ese momento Barack Obama, deportar jóvenes trabajadores a países que ni ellos recordaban en algunos casos.

La acción tuvo un gran rechazo, especialmente de los líderes conservadores. El Senador Charles E. Grassley, R-Iowa, la llamó “una ofensa al proceso de un gobierno representativo.” Todos aquellos de acuerdo con esta posición, han tratado de erradicar la ley desde el mismo momento que fue firmada. 

En 2012, 10 agentes de la Fuerza de Aduana e Inmigración presentaron una demanda en una corte distrital federal del norte de Texas en oposición a DACA. La demanda fue rechazada.

En el 2013, la mayoría de Republicanos y tres Demócratas en la Casa de Representantes votaron para desmontar DACA. La decisión nunca fue firmada como ley.

En el 2014, Obama intentó expandir DACA a más personas. Veintiséis estados demandaron esta propuesta en corte federal y la expansión fue detenida.

Así que cuando la administración de Donald Trump anunció el fin de DACA ese martes de septiembre, la decisión no fue una gran novedad.

Las vidas y el futuro de los chicos con DACA siempre estuvieron en arena movediza. Ahora hasta esa situación inestable se ha deshecho.

Maria Chavez Juarez, estudiante de segundo año en IUPUI, es de San Miguel de Allende, Guanajuato. Ella tiene bellos recuerdos de su tiempo en México pero teme que no será lo mismo si regresa. “Cuando tenía 5 años, mis padres me dijeron una noche, ‘Nos vamos a una fiesta,’ pero yo pensaba, ‘Esto no es una fiesta.’ Me di cuenta más tarde que mis padres me llevaban a pasar la frontera.” Emma Knutson Buy Photos

Edificios de anaranjado oscuro y amarillo brillante. Mosaicos coloridos en los muros. Un jardín lleno de plantas. Una bonita iglesia al final del camino. María sólo tenía 6 años cuando dejó su pueblo San Miguel de Allenge pero aun así lo recuerda.

Ella recuerda cuando salió y su madre le dijo que se pusiera su mejor ropa porque se iban a una fiesta. Ella llevaba medias con encaje de dobladillo. María, su madre y dos de sus hermanos fueron llevados a la frontera de los Estados Unidos y México. Saltaron una cerca y cruzaron el Río Grande durante la noche. Las medias de María estaban cubiertas de plantas. Alguien la llevaba. Una culebra trató de saltar en ellas.  El sonido de las cigarras parecía ensordecedor. Su mamá le pidió que rezara.

El padre de María había estado trabajando en Indianapolis por años y se la pasaba viajando entre los Estados Unidos y México. Cuando ellos llegaron a reunirse con él en los Estados Unidos ya no tenían en mente regresar. 

Pero por muchos años, María deseaba que ellos pudieran hacerlo. 

Había otro hermano y hermana que todavía seguían en México ya que tenían trabajos y familias. María no ha visto a su hermana mayor en 13 años. La vida en San Miguel, de lo que recuerda, era caliente, colorida y más tranquila que la vida en Estados Unidos.

Sus padres no podían ayudarla con la tarea porque su inglés no era muy bueno y ella era muy tímida para preguntarles a sus profesores. Ella era más avanzada que sus compañeros en la clase de matemáticas pero parecía que nadie se daba cuenta de eso. María no quería solicitar al programa de DACA. Ella quería irse a casa. 

Cuando comenzó la universidad, María se matriculó para especializarse en administración de turismo. Había muchos negocios de turismo en México, y María pensaba en todo esto al momento de registrarse en sus clases. A lo mejor esto podría llevarla a su casa de nuevo. 

“Aunque de hecho me di cuenta que probablemente México no sería como yo lo recordaba,” María dijo. “Un amigo de la familia me visitó hace unos años y dijo que muchas cosas allá eran diferentes ahora y que lo mejor era quedarse aquí.”

María empezó a imaginar un futuro aquí. Cambió su especialización a justicia criminal y comenzó a investigar sobre programas de maestría. Gastaba mucho dinero comiendo afuera con sus amigos. Se escabullía de casa durante los fines de semana sin decirles a sus padres. Permanecía levantada estudiando en su sala oscura y silenciosa hasta las 4 de la mañana, interrumpida algunas veces por su madre que se levantaba en medio de la noche para hablar con ella.

Ella ayudaba con las actividades de la Asociación de Estudiantes Latinos. Pensó que quizás algún día, si tenía el éxito suficiente, podría iniciar una beca para ayudar a otros estudiantes Latinos. 

Pero a la vez que María se hacía a la idea de quedarse, la oportunidad de hacerlo fue quitada de sus manos.

Quería expresar su enfado y expresarse como sus amigos. Preparó un discurso para una manifestación en Ball State y se paró temblando enfrente de alrededor de cien personas, con una hoja azul y tres puntos de discusión en su mano.  

Pero no podía encontrar el optimismo para convencer a la gente que las cosas iban a cambiar. 

Quizás era una cosa buena, expresaba María, que un candidato que pasara la mayor parte de su campaña hablando de lo mal que era tener terribles inmigrantes termino ganando. Quizás es bueno saber cómo se siente la gente con esto.

Las paredes del apartamento donde vive María en Indianapolis están pintadas de amarillo brillante. El balcón está lleno de plantas. Esto es lo más cerca que María y su familia puede tener de sus recuerdos de su casa.


Guillermo Chavez Chavez moved to the United States from Mexico several years before his wife and several of his children joined him. Here he talks about how hard the situation is for his family.


Las discusiones políticas sobre leyes de inmigración, en especial sobre inmigrantes de México, han sido temas controversiales por muchos años pero ha visto una gran intensificación desde el inicio de la campaña presidencial del 2016.

La retórica sobre inmigración se convirtió en un tema esencial en la campaña presidencial dejando a un lado en la conversación, de acuerdo a los estudiantes DACA, las voces de los que más importaban: los inmigrantes mismos. Ellos tenían el papel más importante en el asunto. 

Pero si hablan, ellos también tienen mucho que perder. 

Si un estudiante DACA revela su estatus de inmigración, arriesgan su reputación con amigos, compañeros de clase y profesores. Muchos temen exponer a sus padres como inmigrantes sin documentos. Antes de DACA y en los primeros días del mismo, una institución o empleador estaba lejos de aceptar un estudiante con tal estatus. Su estatus era tan frágil, que ellos mismos, sin decir las escuelas y empresas, estaban convencidos que a duras penas podrían quedarse. 

Muchos estudiantes decían que su peor temor era que las protecciones de DACA pudieran darles esperanzas para que luego se acabaran y se sintieran frustrados. Ese temor llegó a ser realidad.

* * *

Prisma Lopez-Marin, 27, recuerda muchos bellos momentos en la Casa, el Centro Cultural Latino de IU. Prisma estaba trabajando cuando se anunció lo de la revocación de DACA. “Fue difícil no mostrarse emotiva cuando todo el mundo me preguntaba de la noticia,” Prisma dijo. Prisma se graduó de IU en diciembre del 2013. Emma Knutson Buy Photos

Prisma Lopez-Marin, se graduó de IU en el 2013, está tan cansada de la inestabilidad que ha decidido regresar a Toluca, Mexico, que es una ciudad que no ha visto desde 1995. 

Jessie Wang, de Taiwán, no se animó a solicitar a DACA hasta hace tres años — y ahora, una estudiante de IU con 28 años, ella sabe que es muy posible que no termine su carrera. 

Jesús Bazán Villicaña, de Michoacán, México, está pasando su último año como estudiante IU solicitando a las escuelas de medicina, aunque sabe que podría no tener sentido porque no sabe qué más que hacer.

Jessie Wang, originalmente de Taiwan, comenzó su primer año en IU a los 28 años estudiando leyes y política pública. Ella espera trabajar como abogada con casos de inmigración o casos relacionados con LGBTQ. “Me siento como si mi futuro se ha desaparecido,” Jessie dijo. “Ha sido uno de los momentos más sombríos de mi vida.”   Emma Knutson Buy Photos

Los que están estudiando o trabajando bajo DACA se la pasan gastando cada onza de energía para mantenerla — demostrando una y otra vez que están en el rango correcto de edad, que no se han metido en problemas legales, que están en buena posición con sus escuelas, que pueden pagar sus cargos de renovación, que necesitan trabajar y tener un ingreso. 

Los estudiantes de DACA no pueden planear para un futuro que no pueden ver — un futuro que no sería de ellos después de todo. Ellos se esfuerzan mucho por seguir adelante. Todo lo que pueden hacer es prevenir cualquier error que los puedan mandar de vuelta a las ciudades que a duras penas recuerdan.

Jesús Bazán Villicaña es un estudiante de último año estudiando microbiología y neurociencias en IU. Jesús tenía 5 años cuando llego de San Miguel, Michoacan, Mexico, a los Estados Unidos. Emma Knutson Buy Photos

Había pasado ya 19 días desde que DACA había sido desaprobado cuando Kemberly Hernández escuchó sirenas detrás de ella.

Kemberly conducía a IUPUI e iba un poco tarde. Disminuyó la velocidad y se hizo a un lado de la carretera. Su corazón se hundía al ver el carro de la policía se estacionaba detrás de ella.

Kemberly Hernández, estudiante de segundo año en IUPUI, llegó a Indianapolis a la edad de 4 años de Juárez, México. Ahora con 19, ella es la presidenta de la Asociación de Estudiantes Latinos de IUPUI. “No hay nadie en México que me espera,” ella dijo. “Todos los que conozco y amo están en Indianapolis. DACA es lo que me mantiene en casa.” Emma Knutson Buy Photos

Su corazón latía interminablemente en su pecho. Ella no puede recordar que fue lo que el oficial le dijo cuando bajó la ventana. Ella a penas podía despegar sus dedos de la licencia para pasarla al oficial. 

Me van a dar una marca en mi licencia y cuando trato de renovar mis documentos de DACA el próximo mes no me lo darán, pensaba mientras el oficial se llevó su licencia para mirarla en su patrulla. Me van a deportar y todo por mi culpa.

Kemberly permaneció sentada por 10 minutos largos.

Cuando el oficial regresó, no podía mirarlo directamente. Él tenía una multa en su mano.

“Te voy a multar pero sé que vas tarde a clase,” el oficial dijo. “No te voy a poner puntos en tu licencia”

Ya al momento de tomar ruta de nuevo, Kemberly sabía que iba a llegar completamente tarde a la clase. Condujo bajo el límite de velocidad el resto del camino al campus temblando en alivio.

Sandy Rivera asiste a un banquete de premios donde fue escogida para recibir una beca por su dedicación en la organización Alianza de Juventud Indocumentada en Indiana. Ella fue una de las seis estudiantes escogidas para este honor. Emma Knutson Buy Photos

Sandy Rivera cree fielmente que ella — y cada uno de los favorecidos con DACA — se le será permitido quedarse en los Estados Unidos.

“Trump pudo haber dicho, ‘Voy a comenzar a deportarte mañana,’” ella dijo. “Pero en vez de esto, él dio al Congreso seis meses para actuar. Esos seis meses pueden cambiar la opinión de las personas.”

Y eso es lo que Sandy está haciendo. Ella va a las manifestaciones en frente de la asamblea estatal y a las de las universidades de todo Indiana. Ella viajó a Washington, D.C., el pasado octubre con un grupo de 120 estudiantes de DACA para hablar con senadores y representantes. 

El Rep. Larry Bucshon, R-Indiana, no habló con Sandy ni con ningún otro estudiante en persona. Él mandó un representante de su oficina a una reunión acordada.

Sandy se paró en frente del asistente y trató de presentarse el miércoles en la mañana.

“Si somos honestos, esta campaña de ustedes no tiene ningún chance,” el asistente dijo. “Una ley para reemplazar DACA no llegaría ni a discusión en el congreso.” 

Sandy volvió a comenzar. Ella le dijo al asistente cómo su papá había viajado por años entre Indianapolis y Matamoros, México, y como su mamá lo extrañaba. Como ellos cruzaron la frontera cuando Sandy tenía 4 años y sobrepasaron los días de sus visas. Lo duro que ella trabajó en la escuela para luego darse cuenta que no podía solicitar a la universidad. Lo tanto que ella quería ser una profesora, sentirse como en casa frente a una clase lleno de niños. Como ahora no podía ser profesora, ni ayudar a los niños como sus profesores la ayudaron a ella a menos que alguien decidiera que DACA pudiera continuar.

Sandy Rivera, estudiante de tercer año en IUPUI, es original de Matamoros, Tamaulipas, México. Fue traída a los Estados Unidos cuando tenía 4 años. Ahora con 20, ella estaba devastada al escuchar el anuncio del Presidente Trump sobre DACA pero Rivera aun dice que mantiene las esperanzas. “Esto no me va a detener de continuar intentando,” ella dijo. “Estoy utilizando esto como una motivación para intentar más fuerte. Mucha gente piensa que estaremos en las sombras pero no será así. Quiero usar lo que pasa para educar.” Emma Knutson Buy Photos

Sandy se hizo una experta en condensar su vida en un discurso de elevador de dos minutos. Ese asistente del congreso, dice ella con orgullo, lloró cuando Sandy terminó.

Ella no sabía si había sido una buena idea. Sandy solía mentir sobre su estatus migratorio — por muchos años, sus amigos pensaron que ella era de Florida. No estaba preocupada de su futuro sino de lo que sus amigos pudieran pensar. 

Aun cuando comenzó su universidad, DACA no era algo de lo que Sandy hablara mucho. Sandy no tenía ninguna ayuda financiera durante sus primeros dos años por lo que tenía que trabajar 60 horas a la semana, 40 en un restaurante-cinema y 20 en Qdoba — como una estudiante de tiempo completo.  Sandy dice que no peleaba con sus padres mucho, pero durante esos años, se enfadaron porque ella no buscaba tiempo para ir a la iglesia con ellos. ¿A quién le importaban las manifestaciones o hacer activismo cuando ella a duras penas tenía el tiempo para pasar sus clases o ser una buena hija? 

Pero este año Sandy recibió una llamada después de una clase de gimnasio en el verano, que le anunciaba que había ganado una beca. Rompió a llorar en frente de dos chicas que no conocía y aun llevando su camiseta sudada del gimnasio. 

Este año, ella ayudó con la Asociación de Estudiantes Latinos. Ella tenía una pasantía en donde ayudaba a planear eventos para el Instituto Latino. Enseñaba clases de español en un pre-escolar. Miraba por horas “Jane the Virgin” con sus amigas, asistía a fiestas, leía su libro favorito “In the Country We Love.” Pero este año, de igual forma, los Estados Unidos decidía tomarle todo esto. 

Trump le dio al Congreso seis meses para actuar. Bien sea que Maria, Sandy y Kemberly — y más de  600,000 personas — tengan el deseo de quedarse, esta es una decisión que recae en las manos de la rama legislativa ahora. 

Más allá de lo que es la fecha límite, es imposible saber que viene luego. Algunos estudiantes DACA tratarán de permanecer en los Estados Unidos. Algunos otros regresarán a los países que sus familias solían conocer. Siempre ha sido en vano planear a largo plazo. La educación universitaria, una beca, una pasantía, un trabajo — todo esto podría ganarse o perderse con el capricho de los senadores o con el error de conducir rápido frente a un policía. Son como moscas en ámbar: constantemente criticados por aquellos en posición superior a ellos y fuertemente atados para seguir adelante por su cuenta. 

Marzo 5 se llegará pronto.

“Usted me puede preguntar todo lo que quiera sobre cómo veo mi futuro, así sea el mejor o peor escenario, y diré que prefiero pensar que estoy planeando hacia dónde voy,” Sandy dijo. “Pero la verdad es que no puedo responder, ni planear, ni ver ningún camino.”

Este artículo es la traducción de un artículo que fue publicado en diciembre, "Dreamers deferred."

Historia por Sarah Gardner. Fotos por Emma Knutson. Multimedia y desarrollo por Rachel Goodman.

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